25 de julio de 2011

La Revolución será hipertextual o no será

Rubén G. Herrera
PERIODISTA Y ANTROPÓLOGO, COLABORADOR EN MEDIOS INDEPENDIENTES ESPAÑOLES

Parafraseando a Carlos Taibo, cuando reflexionaba al respecto de las revueltas en España de los indignados, el 15M, las revueltas árabes, en Islandia, Grecia, y otros tantos núcleos emergentes, señalaba que «la revolución será feminista o no será». Esta afirmación es rotundamente cierta: ¿podemos cambiar el actual sistema económico, obviando que más de la mitad de la población posee mecanismos de freno en su acceso al mundo cultural, político, educativo, o profesional?

En un escalón por encima de este asunto, es decir, en un replanteamiento de los modos de interacción, deberíamos ver la evidencia actual: la revolución será hipertextual o no será. Es decir, escrita, textual, pero con el inmediato acceso de todos. Esta idea tiene sentido solo y exclusivamente en el contexto de la cibercultura y las nuevas tecnologías.

Autores como McLuhan, Castells o Pierre Levy ya habían definido esta cuestión, que ahora alcanza al terreno de la acción social, la praxis. Esta vez no está relacionado con la liturgia de la izquierda, ni con proyectos autofinanciados, no es un movimiento definido. Es, como el propio mundo contemporáneo, una "universalidad sin totalidad": es desterritorializado, inestable, cambiante. Parte de abajo, pero tampoco está incluyendo a los inmigrantes, a los marginados, a los refugiados, al Tercer Mundo. Pero es un proceso vivo que podría llegar donde los movimientos altermundistas llevan décadas soñando. Nuestra cultura es ya "rizomática", como definieron Deleuze o Guatari, no tiene una jerarquía, es un simple trazado por la yuxtaposición de nuestros intereses y objetivos personales. Si la cibercultura nos permite unir la oralidad y la escritura para cambiar los discursos dominantes, podríamos llegar a una verdadera Sociedad del Conocimiento. Esto es algo que ya se percibe como un logro en numerosas características de Internet: la apropiación de su lenguaje, la "oralización", la instrumentalización para desprestigiar los mecanismos tradicionales del poder, la creación de ciberrituales y mitos populares...

Con las nuevas tecnologías de la información y la comunicación (que tanta desigualdad crean, aunque nos
sean vendidas como el Progreso con mayúsculas), se ha generado un mismo contexto compartido. Y por ello, una verdadera Guerra Digital: piensen en los procesos de control de la red por parte de los gobiernos, la búsqueda de la neutralidad de la red, o los ataques a páginas oficiales del ciberhacktivismo. Ese contexto compartido al que apelo, ya no posee la tradición oral; es escrito, reflexivo. Por tanto, es un grado más de antinaturalidad, es menos espontáneo. Pero tal vez la globalización solo puede redefinirse pacíficamente de este modo.

Es cierto, Twitter no permite una verdadera reflexión o debate. Pero las grandes ideas siempre han sido las concisas: los proverbios y refranes de la historia muestran sintéticamente un estar en el mundo. La diferencia es que la reflexión escrita ahora es instantánea. Esto supone una revolución que los expertos equiparan a la invención de la escritura. La cibercultura nos conduce al estado anterior a la escritura, aunque a otra escala y órbita, donde se vive un mismo contexto interconectado, un inmenso hipertexto donde ya casi no quedan mensajes fuera de contexto. Bueno, sí: los que emite el poder, por ejemplo: las elecciones, que siguen proponiendo una democracia emulada, virtual, pero virtual en el sentido que le da la física: "NO REAL". Siendo una interpretación subjetiva y desigual (por ejemplo, la Ley D´hont).

Una democracia de voto digital permitiría acceder hasta la definición de "virtual" de "lo que es efectivo o tiene valor práctico". Pero, a más universalidad, menos totalidad. Y eso es lo que ha venido a cambiar un movimiento que brota de la gente, de su "nostalgia del cierre" (ningún discurso, mensaje, producto, es algo limitado, acabado, todo tiene una relación con lo demás). Se ha acusado a la juventud de promover la precariedad. Es la precariedad de nuestra cultura del hipervínculo y el cambio constante la que nos vuelve rebeldes ante la tradición, la cual vemos analógica, estática, y rechazamos ese ritmo de vida anterior. Para bien o para mal. De este modo, el habernos hecho perder una forma de dominio o control de nuestras acciones ha supuesto reencontrarnos con lo real: el dinamismo social. Y es en ese dinamismo social donde hay que entender que el éxito de este movimiento no vendrá de la relación ciudadanos-poder, sino de la relación horizontal ciudadanos-ciudadanos. El poder puede mantenerse en su visión e ignorarlo todo. Pero los ciudadanos se están interrelacionando. De ahí el auge de los movimientos sociales en los últimos años. De ahí también el auge de las redes sociales, primero cuantitativamente, y luego cualitativamente. Estas ideas se plasman muy bien en el carácter reivindicativo de las protestas de los indignados:

1. Primero, las asambleas orales fueron una herramienta muy interesante, aunque, fundamentalmente simbólica, más que representativa. Hacer una asamblea pública en cada ciudad española es un gesto, una actitud, no un hecho. Es una virtualización del cambio que queremos. Paradójicamente, ejercemos esa virtualidad en el mundo real, y dedicamos el mundo digital a nuestras actitudes formales. Redirigimos nuestra intencionalidad hacia el mundo virtual; sistematizamos el mundo real para ofrecerlo convertido de idealismo en el mundo digital. Este acto es tanto estético como ético. Porque incitan al Otro a hacer, son mensajes perlocutivos, que implican.

2. En segundo lugar, las nuevas tecnologías (este movimiento, con todos los aspectos negativos que ello conlleva, ha sido impulsado por especializados en informática, más que en movimientos sociales, política, o activistas) han creado un segundo espacio asambleario. Asamblearismo digital. Algo que viene de antes: recogida de firmas digitales, hacktivismo... Y ahora muta, en el movimiento del 15M, en verdaderos debates en muros de plataformas, mailing de comisiones, y extensión a barrios desde el propio discurso digital. Aquí, la economía de espacio y tiempo se reducen y esa es la principal ventaja. Es cierto, también es una pérdida de libertad al incluirse en mecanismos del poder, que puede censurar casi cuando quiera y como quiera, o incluso instrumentalizar estas herramientas.

Aunque vayamos hacia un mundo cada vez más abstracto donde la oralidad (fonocentrismo) se está perdiendo, no somos un alienado homo digitalis, además, la dialéctica debe alcanzar la esfera de la oralidad. Aunque la revolución será mediante las nuevas tecnologías, estas son solo herramientas, no fines. Algunos datos nos lo traen a la mente: se calcula que más de la mitad de los hogares andaluces siguen desconectados... La clave sigue estando en la política, en los colectivos, en la participación. Al igual que en las revoluciones sociales del 68, nos enfrentamos a la posibilidad de cambiar el cauce del poder, o por el contrario, que éste se refuerce. Por ello debemos ser conscientes de qué es la cibercultura , y cómo podemos cambiar el mundo desde la "inteligencia colectiva". En conclusión, los debates más cercanos a la realidad están en el plano virtual. Pero no están en los foros de Público, El País, El Mundo, sino en Toma la Plaza, en Facebook, en Twitter... Desgraciadamente, el hipertexto implica nuevas formas de educación y cultura a la que solo accede una inmensa minoría. Y a ello se suma la competitividad imperante por el acceso y control de los discursos. Esto es algo que debe reivindicarse a los responsables técnicos de estos movimientos: no manipuléis ni monopolicéis. Algo que en mi experiencia personal ya he podido comprobar.


*Este texto fue publicado en el número 5 de la revista NOTON

No hay comentarios:

Publicar un comentario